Carta a “futuro”

Querido “futuro”:

Aunque no te conozco, tengo una teoría muy firme contigo y debes saberlo. Soy consciente que se sostiene malamente para los demás,  pero que a mi me nace creer en ella. Es casi ya una cuestión por supervivencia. 

“Las dificultades y cada sinsabor de mi presente, encontrarán en ti,  “futuro”,  la compensación en unas alegrías, que si no plenas, al menos vuelvan a hacer que la vida tenga colores. Ahora parece una tele antigua, cuando era chavala, en la que todo se ve en blanco y negro y las interferencias, son ya constantes, por una antena que se doblado con la tormenta”.

Es una teoría necia. Necia porque surge de la desesperación y sí algo de cierto me queda, es que lo que nace de no ver salida, de lo caliente, no suele tener mucho valor real.

¿La necesidad de creer que no puede ir a peor?

La necesidad de ¿una fe como la del carbonero?

La necesidad de ¿hacerse un Dios de bolsillo que asiente en lo que nos conviene?

Y me río de quien te dice: calma, hay un momento que  no puedes bajar más y toca subir.

Pues no. Puede que si llego al fondo, la toma de tierra de la tele ya ni entren sus clavijas en el enchufe. Eso ahora sí que empieza asustarme. Tantas veces desenchufando para volver a enchufar al amanecer, pretendiendo que la coherencia me lleve a buen puerto. La persistencia de la frase que pasa por mi mente cientos de veces al día, al abrir los ojos cada amanecer y durante mi tiempo y que he aprendido a  desecharla por dolorosa…¡cómo ha podido pasar esto así!

Estoy agotada. Agotada de parchear.