Nido vacío

La vida nos va dando situaciones distintas difíciles de encajar como consecuencia del paso de los años. Ser la pequeña de familia numerosa me ha llevado a ver diferentes momentos en esas pequeñas parcelas ajenas de mis herman@s.

Cuando llega el primer hijo y les cambia por completo la vida (para bien obviamente, pero les cambia totalmente) y  el tiempo de sueño y privacidad de pareja se extraña.

La primera noche que su hij@ pasa fuera de casa. Por una primera excursión del cole o por cualquier otro motivo que al susodicho mociona y a los padres “ocupa y preocupa”.

Y ya no digo nada cuando los hijos se van emancipando… Vuelan. Hacen su nido lejos del que han formado por y para ellos. La marcha ya por tiempo más que indefinido. Ahí sí que entiendo que debe de costar encajarlo. Si además son más de uno los retoños y todos van volando, se vuelve más que complicado.

A mi me ha pasado algo distinto pero también muy respetable como dolorcito en el pecho. O eso creo yo.

He sentido que las circunstancias, las lejanías de las personas y la vida trasladaban también mi presencia ya de por si en segundo plano a un tercer o cuarto lugar. De sentirnos necesarios para llenar tiempos de compañía imprescindible de un menor, cuando eres quien siempre está de relevo y hasta te haces chófer por amor… Cuando crees que seguirán queriendo que les lleves de compras y algún regalito caerá. Cuando eres la primera llamada que si les pasa algo harán…

Y de pronto: nada. Se hacen mayores o les hacen mayores. Y sus prioridades cambian.

Y toca reinventarse. Nadie es imprescindible, a Dios gracias, sino la vida se extinguiría en cuanto que prescinde de nosotr@s alguien que nos importa.