Todo es relativo. Todo.

Hay quien cree que sólo cuando se ha pasado por “la misma situación” se puede aconsejar…

Hay quien cree que sólo se sabe lo que se siente por un hijo cuando se pare…

Hay quien cree… Sería muy largo.

Desde hace ya años, cuando alguien especial me enseñó a relajarme en medio de un estado desesperanzado y desesperado, empecé a asimilar lo que significaba relativizar en la vida. Que todo es relativo. Todo.

A la vez que aprendía a relajar cada parte de mi cuerpo, a olvidar lo GRANDE que me desbordaba y fijarme en lo PEQUEÑO que sentía, iba asimilando que hasta el dolor que crees es insalvable, hasta la respiración que crees perdida, pueden recuperarse.

Pero lo había olvidado y tuve que irme unos días en medio de un valle para coger el sueño que últimamente tengo alterado con la voz que me decía cómo debía ir “relativizando todo lo que sentía” y centrarme sólo en su voz y lo que me decía que debía hacer. Me quedé dormida tan bien.

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Y en aquel valle la voz de una cinta de casette de antaño me recordó que lo grande y hermoso que tiene la forma de ser del ser humano, es que cada uno somos a nuestra manera ÚNICOS e IRREPETIBLES. Y no me canso ni puedo olvidarme de asimilarlo y de encajarlo. Eso hace que no puedas reprochar a nadie qué habrías hecho tú o qué habrías dicho tú o… No. No puedes. O sí. Pero entendiendo que la libertad que yo tengo de actuar y entender cómo debo vivir, la tiene el de enfrente de hacer lo mismo.

Y claro que nadie nunca vivirá lo mismo que yo. Ni que tu compañero más cercano del trabajo. Ni que un hermano. Ni que un amigo. Ni que nadie. 

Así en aquel valle pensé que el mundo va a seguir girando. Pero eso sí. Hay que ser consecuentes. Los actos de uno generan unas consecuencias. Acción – Reacción. Así de simple y complicado.

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Foto de Winnie. Monasterio en Valfermoso de las Monjas.