El tilo

Buscó refugio bajo las ramas del tilo. Sor Natividad le había dicho que era ya centenario. Ahora mismo el más “viejo” de los habitantes del Monasterio.20170513_202534

Sentada, y cuando creía que bajo sus ramas de un verde esperanzador, iba a descubrir que no podía haber mejor lugar para estar a esa hora ya casi nona, vio como un perro ¿ovejero? negro de lanas se sentaba junto al banco que ella tenía enfrente a escasos cinco metros.

Le miró fijo y por un instante, creyó percibir en él un gesto casi humano ladeando la cabeza, indicándole el banco de hierro verde. Ella inconscientemente cruzó la distancia que les separaba y se sentó en el banco. Levantó la vista de “Lanas” y nada fue igual. La visión del patio del Monasterio desde ese lugar era completamente distinta y del todo perfecta. Sobre ella colgaban las ramas de la higuera que tenía detrás. Majestuoso, en el centro de ese espacio, el tilo. A la izquierda los muros con la verja de entrada a la iglesia y a la derecha la pared que cerraba el recinto rematada por una reja que presumía de vieja.

Mirando a Lanas, inclinó la cabeza en señal de agradecimiento. Una suave palmada en el lomo fue la recompensa.

– Buen chico

Si alguien estaba claro que sabía de ese lugar era ese perro. A cada hora del día que pasaba se posicionaba buscando su comodidad y donde esperar a gusto a que alguno de los habitantes del recinto le hiciera un mimo.

María miró intentando grabarse en la memoria cada detalle. Lo más probable es que en muchos días no volviera a sentirse tan en paz como estaba allí. Las campanas del Monasterio empezaron a sonar y acallaron el único sonido que existía hasta entonces:el cantar de los pájaros.

Lanas empezó a ladrar. Sor Maria Luisa le había contado que lo hacía porque tenía mal los oídos y le dolían con semejante estruendo. Pero la realidad es que para cualquier desconocedor de este dato parecía que Lanas acompañaba a posta con sus ladridos el doblar de las campanas. María iba a levantarse para entrar a la Iglesia para las vísperas pero… ellas empezaron a cantar. Ese momento era el mejor de aquellos días refugiada en aquel valle con las hermanas benedictinas de clausura.

Decidió esa tarde-noche no entrar y acompañarlas en su rezo. Decidió seguir con esa vista perfecta de un lugar escondido de un mundo que últimamente se le antojaba esquivo y huidizo. Ellas siguieron cantando.

Fue Sor Teresa quien la encontró ahí. Sentada en el banco de hierro verde con las ramas de la higuera sobre ella y con Lanas a su lado. La cabeza caía un poco hacia delante pero eso no le impidió a  Sor Teresa ver la sonrisa final que había en sus labios y la paz de su rostro. Con ella se quedó sentada mientras el resto de Hermanas salían al patio desde el interior de la iglesia.

Estaban todas en silencio. Sólo el sonido de los pájaros acompañó esa despedida y Sor Josefina, la abadesa, rezó un Ave María.

  • Ahora ya está en paz.